MIRANDO AL MAR
En un pueblo de pescadores vivía un pescador con su familia, compuesta por su mujer y tres hijos: dos niños y una niña.
Manuel, que así se llamaba el pescador, todos los días muy de mañana salía en dirección al puerto donde tenía anclada su pequeña embarcación, lo acompañaban sus dos hijos que eran los mayores, lo hacían con mucha ilusión ya que era lo único que habían visto hacer a su padre y abuelo toda la vida.
Cuando llegaba la tarde y venían con la pesca, en la lonja los esperaban la madre y la hija, y eran las que se encargaban de la subasta. Como la vida de los pescadores es tan insegura todos los días no pescaban lo mismo, pero el día que se les daba bien y traían un buen pescado la niña disfrutaba enormemente en la subasta, sobre todo cuando tenía una buena partida, y un chico que venía de la capital, le regateaba el precio, y ella le decía: “o la tomas o la dejas que yo la tengo vendida”.
El chico sonriente le contestaba: “el día que me la dejes mas barata te voy a llevar a la capital a pasearte por la Gran Vía”. Como ella no había salido del pueblo su cabeza se llenaba de fantasía pensando que sería la Gran Vía, por eso un día decidió adjudicarle el pescado por el que él había pujado. El chico después de pagarle y charlar un rato se iba sin decirle nada, pero ella muy decidida se le plantó delante, diciéndole “¡que sepas que te dejo el pescado para que me lleves a la Gran Vía, y si no, me pagas el doble o de aquí no sales!”.
Al chico que le gustaba su temperamento y deseaba llevarla a pasear, cumplió su promesa. Y un domingo tras otro paseaban por la Gran Vía, por el parque y los rincones más románticos de la capital, iniciando así una relación amorosa y casándose después.
Al principio ella estaba encantada en la capital, descubriendo un mundo distinto del que hasta entonces ella había vivido, pero según pasaba el tiempo cada vez añoraba más el olor de las algas del mar, el revolotear de las gaviotas a la hora de llegar los barcos con el pescado y el arco iris en día de lluvia resplandeciente en el horizonte.
La añoranza de todo eso se convirtió en obsesión, por eso un día le planteó a su marido irse a vivir al pueblo.
Él que llevaba un tiempo observando el estado de su mujer ya lo había pensado alguna vez, por eso no se opuso aceptando gustoso y abrazándola le dijo: “tienes toda la razón, no hay nada más maravilloso que una puesta de sol mirando al mar”.
Se fueron al pueblo y allí vivieron por muchos años.
GLORIA
No hay comentarios:
Publicar un comentario